Lo que no se comunica no existe.


Lo que no existe no se puede compartir.


Ideamos, promocionamos, agitamos… la cosa cultural. Construimos puentes entre libros y lectores a través de los medios de comunicación. Cada proyecto es un nuevo reto. Y lo disfrutamos.

“La literatura está llena de aromas.” Walt Whitman

Susana Sánchez y Blanca Fabado - Argumentaria

Blanca Fabado

Periodista tridimensional y motivada de la vida.
Leyendo el día a día en clave positiva.

Email: blanca@argumentaria.com

Susana Sánchez

Me gustan las historias, las personas y los libros. No siempre en ese orden.
Pero eso no es un problema porque prefiero multiplicar que restar.

Email: argumentaria@argumentaria.com


“Más libros, más libres.” Enrique Tierno Galván

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“Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer grandes cosas.” Agnes Gonxha

La doctora Carrie Wilkes, el poliamor y la novela de humor


Un cuento de Carlos Luria con algunas recomendaciones que le ayudarán a ejercitar los veinticuatro tipos de risa y sus cuatro variantes.

Hace poco nos llegaba la noticia del fallecimiento de Carrie Wilkes en su casa de Bangor, Maine, a los 87 años. La doctora Wilkes estaba considerada la mayor experta mundial en un género desgraciadamente poco practicado como es la novela de humor, a cuyo estudio y difusión dedicó toda su vida. Sirva como homenaje este breve repaso a su trayectoria.

La doctora Wilkes tuvo fatal la boca desde pequeña. En su interesante biografía Carrie Wilkes: comedy, humor and gingivitis, Larry Silverman apunta a esta circunstancia como el desencadenante tanto del legendario mal carácter de Wilkes como de su erudición: para combatir la desazón que le causaban las frecuentes visitas al dentista, la pequeña Carrie se aficionó desde muy temprano a leer novelas cómicas (a los doce años golpeó al dentista que le colocaba unos bráckets con un ejemplar de tapa dura de Los papeles póstumos del Club Pickwick). Tras doctorarse en Filología, Carrie decidió colocarse dentadura postiza, jamás volvió a ser capaz de pronunciar correctamente la te, la ese, la ene y la efe y dejó de mencionar, ni siquiera de pasada, a Jonathan Swift.

Su personalidad era contradictoria: no ocultó su predilección por el poliamor, y durante muchos años convivió con su dentista y una protésica dental que en sus ratos libres echaba las cartas; al mismo tiempo, era una firme defensora del Partido Republicano, ya que, según decía, «en Maine ya tenemos suficientes drogatas demócratas, empezando por Stephen King» (en 1979 armó mucho revuelo su irrupción en un congreso del Partido Demócrata blandiendo una rama de romero y cantando a voz en grito «romero, romero, que salga lo malo y entre lo bueno»). En 1980 publicó el artículo Nixon was actually a cool guy, un análisis que le valió las iras del mismísimo Truman Capote, al que se atribuye el rumor de que la doctora Wilkes llevaba tatuada una cruz gamada en la parte interior del canino superior derecho. En 1983 publicó A tear dropped on the sand, ensayo en el que sostenía la teoría de que H.P. Lovecraft tenía un increíble sentido del humor y que Cthulhu era en realidad un homenaje a Buster Keaton. En Burgos, oh, Burgos, publicado en 1989, Wilkes demostraba que Jorge de Burgos se hubiera mondado de risa si hubiera visto a Ubertino da Casale resbalando con una piel de plátano; también se preguntaba por qué en las telecomedias norteamericanas se pasan el día abriendo botellines de agua. Es igualmente interesante un ensayo  publicado en 1997 junto con su novia protésica, cuya primera frase se hizo famosa: «He visto en el tarot que le darán el Ramon Llull a Pilar Rahola. ¡Por todos los santos, que alguien pare esto!».

Pero su trabajo más famoso es Why writters get terror on humor?, donde Wilkes da una respuesta definitiva a uno de los grandes enigmas de la literatura: por qué el humor es más difícil de escribir que el drama. La historia de este ensayo se explica en las universidades de todo el mundo: en 1984, un grupo de psicólogos y filólogos de la Universidad de Arnette (Texas, EEUU) elaboraron un estudio para determinar cuáles eran los tipos de llantos más utilizados en la novelística mundial. Tras analizar más de quinientas novelas, redujeron todos los llantos a tres: el desconsolado, el amargo y el desabrido. Pese a su innegable interés, este estudio pasó desapercibido, hasta que en 1995 cayó en manos de la doctora Wilkes. La científica (que por aquel entonces ya sólo era capaz de pronunciar correctamente tres de las veinte consonantes) se propuso hacer lo mismo, pero con la risa. El resultado fue asombroso: existían no tres, sino veinticuatro tipologías de risas: la risa desatada, la risa tímida, la risa malvada, la risa nerviosa, la risa incontenible y un largo etcétera hasta llegar a las menos comunes: la risa liberadora, la risa alcohólica y la risa precoital. En un epígrafe, la doctora Wilkes aclaraba que a todas ellas debía añadirse cuatro variantes: la risita, la sonrisa, la risotada y la carcajada. Desaconsejaba estas dos últimas si llevas una maldita dentadura postiza que constantemente se te está cayendo.

La hipótesis resultante era obvia y cayó como una bomba en la comunidad científica. La resumió la doctora Wilkes en una entrevista realizada en 2001 al diario The Sun of Derry: intenta pescar un salmón y el salmón acabará en tu sartén; intenta pescar cien salmones y te volverás loco y enviarás al infierno a los salmones. Por aquella época, la científica había deshecho el trío con la dentista y la protésica y había formado uno nuevo con un fabricante de purés y la inventora de una novedosa pajita de plástico.

La última entrevista concedida por Carrie Wilkes tiene un gran valor documental. En una televisión local de Shoyo, Arkansas, el presentador pidió a la doctora que le ofreciera una lista de las mejores novelas de humor de la historia. Wilkes empezó por los títulos clásicos: Wilt, de Tom Sharpe; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (de quien dijo que era «un gran escritor pero, qué diablos, un americano de verdad no se suicida»); El monstruo de Hawkline, de Richard Brautigan («rayos, otro que se suicidó, pero entiendo por qué le adoran Murakami y Neil Gaiman»); la autoficción Mi familia y otros animales, de Gerald Durell («un buen tipo, pero al infierno con su hermano»); y Caída y auge, de Reginald Perrin, de David Nobbs (aquí dijo algo ininteligible). Añadió a esta lista la Guía del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams, a quien la doctora Wilkes situaba por encima de Terry Pratchett («un buen chico, okey, aunque me resulta sospechosa su obsesión por los orangutanes»).

La doctora Wilkes también nombró cinco libros de habla no inglesa: El Pentateuco de Isaac, del búlgaro Angel Wagenstein («malditas sean mis muelas, tiene los mejores chistes judíos que he leído en mi vida»); Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza; Fábulas de robots, de Stanislaw Lem («el Príncipe Ferriciano, ja, ja, ja») y La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique («una Rayuela de risa, o sea, mejor»). Lo que tal vez sorprenda a los lectores españoles fue que citó el libro de un autor que hoy es merecido superventas: Fernando Aramburu. «Su libro El Trompetista del Utopía», dijo la doctora Wilkes, «fue una lectura en la cual es imposible dejar de sonreír. Este mexicano sabe lo que se hace».

La doctora Wilkes añadió que Woody Allen era un maldito neurótico, como todos los neoyorkinos («aunque debo reconocer que si usted quiere olvidarse del dolor de muelas, lea Para acabar con Ingmar Bergman»). Como anécdota, tras la despedida de la entrevista probablemente Carrie Wilkes no sabía que aún tenía el micro abierto cuando preguntó al entrevistador: «¿Le he contado lo que vi una vez en las cartas?».

Carlos Luria.

Los escritores, un cielo color malva y nueve campos de fútbol


Un gran asteroide. Esta historia empieza con un asteroide realmente enorme y con la extinción casi total de la raza humana. Dicho así no parece una historia optimista, aunque alguien dirá: «Ah, bueno, si esa extinción  incluye a los abogados matrimonialistas, no puede ser tan mala». Es lo que ocurre con las generalizaciones, las estadísticas y los enunciados vagos: están sujetos a todo tipo de interpretaciones. Por ejemplo, pongamos que se anuncia que no se publicarán más libros; entonces alguien puede recordar a Paulo Coelho, y ya se le ha alegrado el día.

El asteroide lleva rumbo de colisión hacia la Tierra y mide nueve campos de fútbol. Por alguna  extraña razón, el sistema métrico oficial de los asteroides son los campos de fútbol. Quizá porque todo el mundo ha visto un campo de fútbol (aunque sea en la tele), pero nadie ha visto jamás un kilómetro (ni siquiera en la tele). «Mira, papá, por ahí va un kilómetro». No. En síntesis, cuando a un asteroide se le compara con un campo de fútbol, malo. Si se le compara con dos o más, peor. Por debajo, el riesgo se reduce: medio campo de fútbol, extinción de los mamíferos; una pista de tenis, extinción local y primera página en los diarios; una pelota de rugby, agujero en el suelo, mención en los sermones del domingo y chiste de Matías Prats. Etcétera.

Nuestra historia. Tras certificar el carácter insoslayable del Desastre, la ONU auspiciará una comisión internacional de expertos que, tras interminables discusiones, decidirá que cada cual se las arregle como pueda. Pactarán un destino: cierto lejano y bien oxigenado planeta de color malva. En seis meses, Estados Unidos habrá construido una preciosa nave a la que bautizarán como «USS Bob Hope»; la nave de los chinos tardará más, porque le darán forma de tragaperras; los rusos habrán construido su nave con piezas de antiguos tanques soviéticos; los catalanes habrán pretendido una nave propia, pero el Gobierno español habrá planteado recurso de inconstitucionalidad; los judíos serán quienes se habrán tomado el embrollo con más alegría, acostumbrados a andar de aquí para allá.

Luego se decidirá quién deberá viajar en las naves. Profesionales imprescindibles: arquitectos, médicos, biólogos, programadores de televisión, militares. Se decidirá que en las naves no habrá escritores, que para qué. El último día de la Tierra, los escritores subirán a sus azoteas como gatos abandonados y desde allí contemplarán con tristeza el desenlace: sonará un crec como de un millón de escarabajos pisoteados y el mundo, gris y derrotado, se plegará sobre sí mismo. «Así que era así», dirán en el último segundo (los escritores suelen tener poca imaginación cuando hablan, y a menudo repiten las palabras).

Entretanto, centenares de naves con los restos de la Humanidad a bordo  surcarán el espacio con su carga de semillas, animales y desodorantes roll-on. A mitad de camino ya habrán surgido desavenencias en la flota, porque ni siquiera el Apocalipsis consigue frenar los impulsos del ADN humano. La nave británica, por ejemplo, decidirá que se irá a otro planeta, que finalmente resultará ser un gigante gaseoso que la engullirá sin dejar rastro. Por su parte, la nave rusa se estropeará nada más rebasar Marte, y las demás naves se harán las despistadas (incluso se oirá algún suspiro de alivio).

Tras años de viaje, la monumental flota con los restos de la Humanidad llegará al Nuevo Mundo. Tras descender de las naves, los colonos contemplarán con ojos de asombro el brillante cielo malva y descubrirán que allí habitan animales que susurran mortíferas canciones de cuna y pequeños seres inteligentes curiosamente parecidos a botes de champú; luego se frotarán las manos y se pondrán manos a la obra con lo más urgente: trazar fronteras, plantar banderas, aparearse, poner semáforos, crear nuevos dioses, librar un par de guerras y exterminar meticulosamente a los pequeños seres con forma de bote de champú (a los que, siglos más tarde, dedicarán estatuas en las intersecciones de las calles más importantes).

Pero en lo más profundo de sus intrépidos corazones de pioneros, los humanos sentirán una extraña ausencia: un vacío agazapado y huidizo, pero siempre presente. Reirán y llorarán, como siempre, pero tendrán la terrible sensación de que sus risas y sus lágrimas son huérfanas y de que caen en el vacío.

Hasta que un buen día cierto cirujano, por ejemplo, estará operando una vesícula y de pronto levantará la cabeza, pedirá perdón y se irá a su casa, víctima de un impulso incontrolable. Allí, iluminado por la luz siempre malva, encenderá su ordenador y se pondrá a escribir un relato sobre dos familias enemistadas y sobre el pequeño de una de esas familias, un muchacho que domesticó uno de aquellos animales susurradores y se lo regaló a la hija de la otra familia, y entonces…

Y entonces otros seguirán su ejemplo, y poco a poco, como por arte de magia, la Humanidad respirará aliviada, porque ya tendrá quien recoja sus risas y sus lágrimas y éstas no se perderán para siempre.

El siguiente asteroide tardará varios milenios en llegar. Diecisiete campos de fútbol.

Carlos Luria

El viaje en silla de ruedas de Nujeen desde la desgarradora Siria hasta Alemania


Nujeen (HarperCollins Ibérica, 2016) es uno de los libros que más orgullosas estamos de haber participado en su camino al lector. Junto con Christina Lamb, Nujeen cuenta cómo, aún estando en silla de ruedas a causa de una parálisis cerebral, recorrió junto con su hermana más de 5000 kilómetros entre Siria y Alemania, huyendo de la guerra.

Nujeen es una de las cientos de personas que vivía en Alepo, ciudad de la que oímos cada día historias horribles. Ella es una de los tantos refugiados que huyen por salvar su vida y la de los suyos.

Os dejamos el reportaje que se publicó en el suplemento Zen (El Mundo), del 9 de octubre, explicando su recorrido.

Nujeen en El Mundo

 

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Por fin ponemos en marcha la web y con ella este blog en el que os iremos contando lo más interesante de nuestras promociones, de los autores, de los libros y del mundo editorial.

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Agatha-Christie

Agatha Christie eligiendo un libro