Los escritores, un cielo color malva y nueve campos de fútbol


Un gran asteroide. Esta historia empieza con un asteroide realmente enorme y con la extinción casi total de la raza humana. Dicho así no parece una historia optimista, aunque alguien dirá: «Ah, bueno, si esa extinción  incluye a los abogados matrimonialistas, no puede ser tan mala». Es lo que ocurre con las generalizaciones, las estadísticas y los enunciados vagos: están sujetos a todo tipo de interpretaciones. Por ejemplo, pongamos que se anuncia que no se publicarán más libros; entonces alguien puede recordar a Paulo Coelho, y ya se le ha alegrado el día.

El asteroide lleva rumbo de colisión hacia la Tierra y mide nueve campos de fútbol. Por alguna  extraña razón, el sistema métrico oficial de los asteroides son los campos de fútbol. Quizá porque todo el mundo ha visto un campo de fútbol (aunque sea en la tele), pero nadie ha visto jamás un kilómetro (ni siquiera en la tele). «Mira, papá, por ahí va un kilómetro». No. En síntesis, cuando a un asteroide se le compara con un campo de fútbol, malo. Si se le compara con dos o más, peor. Por debajo, el riesgo se reduce: medio campo de fútbol, extinción de los mamíferos; una pista de tenis, extinción local y primera página en los diarios; una pelota de rugby, agujero en el suelo, mención en los sermones del domingo y chiste de Matías Prats. Etcétera.

Nuestra historia. Tras certificar el carácter insoslayable del Desastre, la ONU auspiciará una comisión internacional de expertos que, tras interminables discusiones, decidirá que cada cual se las arregle como pueda. Pactarán un destino: cierto lejano y bien oxigenado planeta de color malva. En seis meses, Estados Unidos habrá construido una preciosa nave a la que bautizarán como «USS Bob Hope»; la nave de los chinos tardará más, porque le darán forma de tragaperras; los rusos habrán construido su nave con piezas de antiguos tanques soviéticos; los catalanes habrán pretendido una nave propia, pero el Gobierno español habrá planteado recurso de inconstitucionalidad; los judíos serán quienes se habrán tomado el embrollo con más alegría, acostumbrados a andar de aquí para allá.

Luego se decidirá quién deberá viajar en las naves. Profesionales imprescindibles: arquitectos, médicos, biólogos, programadores de televisión, militares. Se decidirá que en las naves no habrá escritores, que para qué. El último día de la Tierra, los escritores subirán a sus azoteas como gatos abandonados y desde allí contemplarán con tristeza el desenlace: sonará un crec como de un millón de escarabajos pisoteados y el mundo, gris y derrotado, se plegará sobre sí mismo. «Así que era así», dirán en el último segundo (los escritores suelen tener poca imaginación cuando hablan, y a menudo repiten las palabras).

Entretanto, centenares de naves con los restos de la Humanidad a bordo  surcarán el espacio con su carga de semillas, animales y desodorantes roll-on. A mitad de camino ya habrán surgido desavenencias en la flota, porque ni siquiera el Apocalipsis consigue frenar los impulsos del ADN humano. La nave británica, por ejemplo, decidirá que se irá a otro planeta, que finalmente resultará ser un gigante gaseoso que la engullirá sin dejar rastro. Por su parte, la nave rusa se estropeará nada más rebasar Marte, y las demás naves se harán las despistadas (incluso se oirá algún suspiro de alivio).

Tras años de viaje, la monumental flota con los restos de la Humanidad llegará al Nuevo Mundo. Tras descender de las naves, los colonos contemplarán con ojos de asombro el brillante cielo malva y descubrirán que allí habitan animales que susurran mortíferas canciones de cuna y pequeños seres inteligentes curiosamente parecidos a botes de champú; luego se frotarán las manos y se pondrán manos a la obra con lo más urgente: trazar fronteras, plantar banderas, aparearse, poner semáforos, crear nuevos dioses, librar un par de guerras y exterminar meticulosamente a los pequeños seres con forma de bote de champú (a los que, siglos más tarde, dedicarán estatuas en las intersecciones de las calles más importantes).

Pero en lo más profundo de sus intrépidos corazones de pioneros, los humanos sentirán una extraña ausencia: un vacío agazapado y huidizo, pero siempre presente. Reirán y llorarán, como siempre, pero tendrán la terrible sensación de que sus risas y sus lágrimas son huérfanas y de que caen en el vacío.

Hasta que un buen día cierto cirujano, por ejemplo, estará operando una vesícula y de pronto levantará la cabeza, pedirá perdón y se irá a su casa, víctima de un impulso incontrolable. Allí, iluminado por la luz siempre malva, encenderá su ordenador y se pondrá a escribir un relato sobre dos familias enemistadas y sobre el pequeño de una de esas familias, un muchacho que domesticó uno de aquellos animales susurradores y se lo regaló a la hija de la otra familia, y entonces…

Y entonces otros seguirán su ejemplo, y poco a poco, como por arte de magia, la Humanidad respirará aliviada, porque ya tendrá quien recoja sus risas y sus lágrimas y éstas no se perderán para siempre.

El siguiente asteroide tardará varios milenios en llegar. Diecisiete campos de fútbol.

Carlos Luria

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