La doctora Carrie Wilkes, el poliamor y la novela de humor


Un cuento de Carlos Luria con algunas recomendaciones que le ayudarán a ejercitar los veinticuatro tipos de risa y sus cuatro variantes.

Hace poco nos llegaba la noticia del fallecimiento de Carrie Wilkes en su casa de Bangor, Maine, a los 87 años. La doctora Wilkes estaba considerada la mayor experta mundial en un género desgraciadamente poco practicado como es la novela de humor, a cuyo estudio y difusión dedicó toda su vida. Sirva como homenaje este breve repaso a su trayectoria.

La doctora Wilkes tuvo fatal la boca desde pequeña. En su interesante biografía Carrie Wilkes: comedy, humor and gingivitis, Larry Silverman apunta a esta circunstancia como el desencadenante tanto del legendario mal carácter de Wilkes como de su erudición: para combatir la desazón que le causaban las frecuentes visitas al dentista, la pequeña Carrie se aficionó desde muy temprano a leer novelas cómicas (a los doce años golpeó al dentista que le colocaba unos bráckets con un ejemplar de tapa dura de Los papeles póstumos del Club Pickwick). Tras doctorarse en Filología, Carrie decidió colocarse dentadura postiza, jamás volvió a ser capaz de pronunciar correctamente la te, la ese, la ene y la efe y dejó de mencionar, ni siquiera de pasada, a Jonathan Swift.

Su personalidad era contradictoria: no ocultó su predilección por el poliamor, y durante muchos años convivió con su dentista y una protésica dental que en sus ratos libres echaba las cartas; al mismo tiempo, era una firme defensora del Partido Republicano, ya que, según decía, «en Maine ya tenemos suficientes drogatas demócratas, empezando por Stephen King» (en 1979 armó mucho revuelo su irrupción en un congreso del Partido Demócrata blandiendo una rama de romero y cantando a voz en grito «romero, romero, que salga lo malo y entre lo bueno»). En 1980 publicó el artículo Nixon was actually a cool guy, un análisis que le valió las iras del mismísimo Truman Capote, al que se atribuye el rumor de que la doctora Wilkes llevaba tatuada una cruz gamada en la parte interior del canino superior derecho. En 1983 publicó A tear dropped on the sand, ensayo en el que sostenía la teoría de que H.P. Lovecraft tenía un increíble sentido del humor y que Cthulhu era en realidad un homenaje a Buster Keaton. En Burgos, oh, Burgos, publicado en 1989, Wilkes demostraba que Jorge de Burgos se hubiera mondado de risa si hubiera visto a Ubertino da Casale resbalando con una piel de plátano; también se preguntaba por qué en las telecomedias norteamericanas se pasan el día abriendo botellines de agua. Es igualmente interesante un ensayo  publicado en 1997 junto con su novia protésica, cuya primera frase se hizo famosa: «He visto en el tarot que le darán el Ramon Llull a Pilar Rahola. ¡Por todos los santos, que alguien pare esto!».

Pero su trabajo más famoso es Why writters get terror on humor?, donde Wilkes da una respuesta definitiva a uno de los grandes enigmas de la literatura: por qué el humor es más difícil de escribir que el drama. La historia de este ensayo se explica en las universidades de todo el mundo: en 1984, un grupo de psicólogos y filólogos de la Universidad de Arnette (Texas, EEUU) elaboraron un estudio para determinar cuáles eran los tipos de llantos más utilizados en la novelística mundial. Tras analizar más de quinientas novelas, redujeron todos los llantos a tres: el desconsolado, el amargo y el desabrido. Pese a su innegable interés, este estudio pasó desapercibido, hasta que en 1995 cayó en manos de la doctora Wilkes. La científica (que por aquel entonces ya sólo era capaz de pronunciar correctamente tres de las veinte consonantes) se propuso hacer lo mismo, pero con la risa. El resultado fue asombroso: existían no tres, sino veinticuatro tipologías de risas: la risa desatada, la risa tímida, la risa malvada, la risa nerviosa, la risa incontenible y un largo etcétera hasta llegar a las menos comunes: la risa liberadora, la risa alcohólica y la risa precoital. En un epígrafe, la doctora Wilkes aclaraba que a todas ellas debía añadirse cuatro variantes: la risita, la sonrisa, la risotada y la carcajada. Desaconsejaba estas dos últimas si llevas una maldita dentadura postiza que constantemente se te está cayendo.

La hipótesis resultante era obvia y cayó como una bomba en la comunidad científica. La resumió la doctora Wilkes en una entrevista realizada en 2001 al diario The Sun of Derry: intenta pescar un salmón y el salmón acabará en tu sartén; intenta pescar cien salmones y te volverás loco y enviarás al infierno a los salmones. Por aquella época, la científica había deshecho el trío con la dentista y la protésica y había formado uno nuevo con un fabricante de purés y la inventora de una novedosa pajita de plástico.

La última entrevista concedida por Carrie Wilkes tiene un gran valor documental. En una televisión local de Shoyo, Arkansas, el presentador pidió a la doctora que le ofreciera una lista de las mejores novelas de humor de la historia. Wilkes empezó por los títulos clásicos: Wilt, de Tom Sharpe; La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (de quien dijo que era «un gran escritor pero, qué diablos, un americano de verdad no se suicida»); El monstruo de Hawkline, de Richard Brautigan («rayos, otro que se suicidó, pero entiendo por qué le adoran Murakami y Neil Gaiman»); la autoficción Mi familia y otros animales, de Gerald Durell («un buen tipo, pero al infierno con su hermano»); y Caída y auge, de Reginald Perrin, de David Nobbs (aquí dijo algo ininteligible). Añadió a esta lista la Guía del Autoestopista Galáctico, de Douglas Adams, a quien la doctora Wilkes situaba por encima de Terry Pratchett («un buen chico, okey, aunque me resulta sospechosa su obsesión por los orangutanes»).

La doctora Wilkes también nombró cinco libros de habla no inglesa: El Pentateuco de Isaac, del búlgaro Angel Wagenstein («malditas sean mis muelas, tiene los mejores chistes judíos que he leído en mi vida»); Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza; Fábulas de robots, de Stanislaw Lem («el Príncipe Ferriciano, ja, ja, ja») y La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique («una Rayuela de risa, o sea, mejor»). Lo que tal vez sorprenda a los lectores españoles fue que citó el libro de un autor que hoy es merecido superventas: Fernando Aramburu. «Su libro El Trompetista del Utopía», dijo la doctora Wilkes, «fue una lectura en la cual es imposible dejar de sonreír. Este mexicano sabe lo que se hace».

La doctora Wilkes añadió que Woody Allen era un maldito neurótico, como todos los neoyorkinos («aunque debo reconocer que si usted quiere olvidarse del dolor de muelas, lea Para acabar con Ingmar Bergman»). Como anécdota, tras la despedida de la entrevista probablemente Carrie Wilkes no sabía que aún tenía el micro abierto cuando preguntó al entrevistador: «¿Le he contado lo que vi una vez en las cartas?».

Carlos Luria.